Capítulo 93: El olor de los Reyes

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Anoche preparábamos los Reyes con la agridulce sensación de que probablemente sea el último año en que perviva la ilusión en Martín, puesto que entre los niños de su edad ya se propaga lo inevitable. Este año, todo lo que había pedido Martín sumaba un valor de 3,5 euros. Eran unos muñecos pequeños y mal hechos, y le animé a que se quitara eso de la cabeza. Menos mal que mi hijo es más sabio que yo y me dijo que a él le parecían de factura correcta y de tamaño idóneo para llevarlos de aquí a allá. No obstante, le di tres catálogos de juguetes para que completara la carta y tras explorarlos me los entregó diciendo que no quería nada más. Le insistí y al final, para callarme, me dijo que bueno, que algo sorpresa que quisieran los Reyes.

Contrariado, le conté todo a mi marido, y decidimos que precisamente por su falta de ambición le premiaríamos pidiéndole a los Reyes el videojuego que desde hace años tienen casi todos sus compañeros y que jamás nos ha pedido.

Es cierto que esta mañana, al abrirlo, le ha dado mucha alegría, porque podrá jugar en línea con sus amigos (y a nosotros eso nos alivia por si se diera un segundo confinamiento), pero Martín aún nos guardaba una lección, que recordaremos siempre de esta aventura llamada Reyes Magos: la mayor ilusión ha sido descubrir que unas manualidades que había hecho representando a los Reyes habían sido movidas por Sus Majestades. “¿Y sabes lo que eso significa, papá?” “Significa que ellos lo han tocado y entonces podemos oler el olor de los Reyes”. Ha inhalado cada figura profundamente y con satisfacción ha identificado -o creído identificar- distintos aromas en cada una. Esa cara. Esos ojos. Esa ilusión. Esa y no otra es la magia de la infancia. ¿Cuándo cai en la trampa hegemónica de asociar dinero y felicidad? 3 euros y medio y el olor de los Reyes: no hacía falta más, por mucho que me empeñe. Qué pureza y nobleza ha existido siempre en la infancia de Martín. Qué esencia tan extremadamente bella. Martín crecerá, pero este niño me habrá marcado para siempre porque en él he visto lo mejor del ser humano.

Capítulo 92: Abrazos

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En los últimos meses, Martín ha incorporado tres frases a su día a día que dicen mucho de lo que ha pasado este año que ahora termina. La primera la pronuncia de vez en cuando acercándose a mí o a su papi: “Necesito un abrazo”. La segunda me la dice a mí, cuando, a las seis de la mañana, se viene a nuestra cama: “Papá, ¿por qué no me abrazas?” Y la tercera la grita cuando estamos abrazándole alguno de los dos. “¡Abrazo de familia!”.

Analizo. Las tres tienen que ver con abrazos, algo que este año ha estado prohibido en este planeta y a lo que él no era muy dado, pero que dada la limitación, ha comenzado a valorar.

La primera, enunciativa y calmada, se centra en el “yo”, en su necesidad, y por eso está formulada en primera persona. Es un ejercicio de honestidad y de saber que tiene libertad absoluta para expresar sus sentimientos. Así que cuando me la dice, me derrito y me fundo en un larguísimo abrazo con su cuerpecito , mientras apoya su cabeza en mi hombro y aprovecho para besarle la coronilla.

La segunda, interrogativa, pasa a la segunda persona. Me pilla dormido y me pide que lo abrace extrañado de que no lo haya hecho ya. Piensa no solo en él, como en la primera, sino también en mí, porque sabe lo mucho que me gusta abrazarle. Convierto mi brazo derecho en su almohada y lo protejo del frío con el izquierdo. Respira plácidamente.

La tercera, exclamativa, es una llamada al tercero -a veces yo, a veces su papi- para que acuda a ese abrazo grupal: ya no piensa solo en él o en él y en uno de sus padres, sino en los tres como unidad. Creo que ya lo he explicado alguna vez, pero este grito de ¡abrazo de familia! es un lema en casa al que estamos obligados a acudir corriendo cuando los otros dos lo pronuncian, dejando rápidamente lo que sea que estuviéramos haciendo.

En definitiva, nos pasamos el día y la noche queriendo abrazarnos y abrazándonos. La novedad es que ya es él el que lo busca con frecuencia y yo no sé si será una consecuencia de esta pandemia, en un año en el que no ha podido tener contacto físico más que con nosotros. La vacuna del Coronavirus llegó ayer a España y esperamos ansiosos a ser vacunados, a que llegue nuestro turno. Mientras tanto, seguimos marcando distancias con amigos y familiares, pero concentramos todo el amor que les tenemos en los abrazos dentro de la seguridad de casa. Los problemas siempre son oportunidades, y en esta ocasión hemos aprendido la importancia del amor de la piel para ser felices.

Capítulo 91: Nueva normalidad

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El confinamiento fue finalmente mucho más largo de lo esperado. Pasados 44 días, se permitió que los niños salieran una hora al día. Martín ya no quería y tuve que obligarlo. También era mi única opción para dar un paseo, y mi marido y yo nos alternábamos para acompañarlo. Los paseos no le gustaban mucho, “porque no veo a niños, papá”. Así que tuvimos que esperar un par de meses más para empezar a ver a niños, sin tocarlos y siempre con mascarilla.

Luego llegó la “nueva normalidad”, ya en julio, y pudimos hacer realidad su sueño: visitar su provincia de nacimiento. Fue precioso ver cómo todo lo de allí le gustaba y desde que pasamos la señal de tráfico que indicaba el cambio de provincia decía: “es muy bonito, ¿verdad?” Y a todo el mundo le decía que él era de allí. El resto del verano ha sido tranquilo: hemos visto bastante a los tres abuelos, con todas las precauciones, y hemos podido relajarnos un poco en la playa de toda la tensión acumulada con la pandemia. ¡Hasta nos hemos montado en una barca de hidropedales!

En septiembre llegó el momento más esperado: reencontrarse con sus compañeros de cole y con sus clases. La emoción hizo que no le pesara tanto el no poder relacionarse con amigos de otros grupos, ya que solo le está permitido estar cerca de los del suyo. Siempre con su mascarilla -me produce una admiración tremenda cómo es capaz de acatar esta norma a rajatabla y sin quejarse durante tantas horas-, deja que se le vea su eterna sonrisa en los ojos. Por cierto, sonrisa ya alineada perfectamente durante el confinamiento.

Y aquí estamos, ya en noviembre, y con muchas papeletas para que nos vuelvan a confinar, o al menos para que las medidas se hagan más duras (tenemos toque de queda a las 23 horas y prohibición de salir de nuestra localidad).

…Y esperando la ansiada vacuna, con bastante miedo por todos los nuestros y por nosotros mismos, pero disfrutando cada día juntos. El bichito crece, y esta experiencia le marcará, como a toda su generación, para siempre. Serán “los niños del Coronavirus” y harán reportajes con ellos dentro de 50 años. Les preguntarán cómo fue y cómo lo afrontaron, pero quizá entonces no digan, porque el tiempo dulcificará los recuerdos, que fueron -son- unos valientes. Les han robado un trozo de infancia, que ya no volverá, pero a cambio esta situación surrealista y apocalíptica les ha hecho más fuertes. Martín, en este tiempo has crecido más de lo que crees. Pero más ha crecido mi amor por ti.

Capítulo 90: De valientes y coronavirus

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Llevamos 17 días confinados por la propagación mundial de un virus. Sabemos que este encierro durará aún bastante y jamás pensamos que fuéramos a vivir esta asfixiante experiencia. Desde el primer día, Martín se lo ha tomado con calma y acatamiento de las normas. Mantenemos la rutina del estudio: por las mañanas yo trabajo desde mi ordenador con mis alumnos y Martín se coloca a mi lado para hacer sus tareas; le voy ayudando e indicando las tareas que debe hacer, pues se las mandan en bloque semanalmente. A media mañana hace un descanso para jugar. Por la tarde intento que haga algo más, sin presionarle mucho. Creo que ya está aprendiendo demasiado con esto que está viviendo como para martirizarlo con más aprendizajes (lo mismo pienso para mis alumnos, con los que repaso y hago solo pequeños avances). Estos días los recordaremos toda la vida. Seguramente muchos de nuestros niños den un salto madurativo al vivir esto.

Ya sabéis que uno de los aspectos del colegio que considero más importante para Martín es el de su papel socializador; desgraciadamente, eso no nos lo pueden mandar en bloque semanalmente. El pequeño pasa un día tras otro sin ver a ningún niño y, sin embargo, ni un lamento ha salido de su boca al respecto. Su única preocupación verbalizada ha sido la escasez de mayonesa, ya resuelta. Su único sueño desvelado, el de tener un patio, o al menos una terraza. Está cariñoso, juguetón, curioso… pero yo lo miro pasando horas con sus muñecos en su cuarto e imagino la angustia de no haber salido en tantos días (yo he salido a la calle a comprar dos veces, lo más rápido que he podido, y Agus ha sacado la basura tres veces, pero ya es algo). Confieso que le he tentado un par de veces a bajar cinco minutos al garaje, que es amplio, por si quiere dar un carrerón desfogador. Pero las dos veces me ha dicho que no, que no es necesario, que está bien en casa. Ese aplomo, ese control y esa forma tan madura y tranquila de comportarse me han obligado a hacer algo que todos los padres hemos hecho: leer su diario: “estamos encerrados por una nueva enfermedad que se llama coronavirus y no podemos ir fuera de casa, y yo estoy nervioso“. No son valientes los que no tienen miedo, esos son temerarios. Son valientes los que reconocen su miedo y se enfrentan a él. Son valientes los sanitarios, los policías, los trabajadores de las tiendas y todos aquellos que libran esta lucha en la calle. Pero también estos niños que libran la lucha en sus cabecitas. Le hemos hecho hablar de sus sentimientos y sí, está nervioso por lo que está pasando y preocupado por no ver a la familia y amigos durante tanto tiempo, pero ha decidido que la mejor manera de pasar estos días es trabajando, sonriendo, jugando y viendo pelis de los ochenta. Es un campeón, un valiente. Siempre lo ha sido. Y siempre lo será.

Capítulo 89: Camino a un nuevo año

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Como viene siendo costumbre, cierro el año con otra entrada en mi blog para poneros al día del crecimiento de esta felicidad llamada Martín. El pequeño anda entusiasmado porque entra un año nuevo y va a cumplir ya nueve añazos. Cómo pasa el tiempo. Sigue siendo un niño dulce, bueno y de maravilloso humor. Aún no se ha enfadado nunca. Aún no ha tenido un capricho ni una leve morisqueta. Hoy hemos salido a dar una vuelta tras unas griposas vacaciones de Navidad que nos han mantenido encerrados (aún renqueamos un poco). En un descanso en el centro comercial, se ha puesto a jugar con los muñecos que nos representan y se le han unido un niño y una niña. Como estaban cerca, he podido oír sus diálogos y ha sido precioso cómo hablaba de su papá y de su papi y cómo resolvía con desparpajo las dudas y extrañezas que los nuevos amigos le planteaban. Sin duda, es un niño empoderado y orgulloso que tiene su realidad muy clara, una realidad que le hace muy feliz.

En lo académico, aunque es aplicado y le encanta el cole, se avecinan curvas, porque tercero de primaria es un curso exigente y la logopedia no le deja tanto tiempo para estudiar como a sus compañeros. Mi miedo es que tanto esfuerzo se convierta en frustración si no se traduce en buenos resultados, y que esa frustración le lleve a bajar el nivel de esfuerzo.

En sus aficiones, sigue enganchado a Google Maps. Navega con soltura por los mapas y aprende caminos cercanos y lejanos. A veces me sorprende, cuando voy conduciendo, diciéndome que por esa carretera que acabamos de pasar se va a tal pueblo, sin que hayamos ido nunca. A veces me lo encuentro callejeando por París o por Tokio.

Martín, tienes las cosas muy claras, al menos la más importante: sabes quién eres. Por eso, con tu manera de ser, abierta y positiva; con los estudios que desees completar y con tu talante emprendedor, encontrarás siempre tu camino. Con o sin Goggle Maps. Feliz 2020, mi niño.

Capítulo 88: Vacaciones

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Martín se puso el segundo implante y poco a poco, como le decimos nosotros, “el oído se está despertando” (con mucha logopedia de por medio, claro). Ya pide ambos. O mejor, consideré que ya es hora de que sea autónomo y se lo pueda quitar y poner él solo si es necesario, así que le enseñé. Ahora se levanta temprano, se los coloca y juega o ve la tele sin despertar a nadie.

Estamos finalizando las vacaciones y sigue siendo el niño de la eterna sonrisa. Está especialmente contento porque vuelvo a mi labor docente, porque voy a estar, según repite, “más tiempo conmigo, por las tardes y los fines de semana”. Da gusto estar con él. A veces habla en demasía, paradojas de la vida, pero contagia su energía, su optimismo y su fuerza, cualidades en las que todos flaqueamos a veces.

Continúa sin enfadarse jamás, aunque no comprende por qué en Polonia tenía que ir a ratos con papá y a ratos con papi, pero nunca de la mano de los dos a la vez. “No les gustan los papás y los papis”, le habíamos explicado. “¿Son todos de Vox?” dedujo él.

Harry Potter sigue siendo lo más y se pasa el día regateándonos cuándo podrá ver la siguiente (se las vamos secuenciando por años, para que las entienda) . En Londres visitamos todo lo que pudimos de ese universo y disfrutó muchísimo. Nos llamó mucho la atención que todos los días nos dijera: “Gracias, Papá; gracias, Papi, por el viaje”. “Martín, es el viaje de la familia; no tienes que darnos las gracias”. No importaba: al día siguiente lo volvía a decir. Supongo que habrá notado que el viaje estaba milimétricamente diseñado para él. En todo el viaje no ha pedido nada. Lo más cercano fue en la juguetería más grande de Londres cuando dijo: ” yo nunca he tenido uno de estos”. Era el día que cumplíamos ocho años juntos, así que le dijimos que eligiera lo que quisiera de la tienda para celebrarlo. Por mucho que le insistimos en que cogiera algo más grande, se quedó con un set de muñequitos de siete libras.

Es un niño bueno y atento, lo merece todo y lo valora. O lo merece porque lo valora.

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Ahora, de vacaciones, con mucha frecuencia nos damos el “abrazo de familia”, arrebato en forma de grito que puede surgir de cualquiera de los tres para fundirnos en un abrazo, y con el que estamos cogiendo fuerza para el nuevo curso.

Martín es la vida. Martín es mi vida.

 

 

 

Capítulo 87: Confianza sorda

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Martín no deja de sorprenderme. Esta semana será intervenido para colocarse un segundo implante. Ha sido una decisión difícil y cuando se la comentamos a él, lo acogió de buen grado al saber que escucharía en estéreo (“¿en serioooo?”, preguntó). Desde que lo supo, hace tres meses, me ha preguntado varias veces: “Papá, hay una cosa que no entiendo. El médico ¿cómo mete el oye en la cabeza?” Yo, para no mentirle, pero evitando toda referencia a material quirúrgico y a la operación en sí, le digo: “pues lo mete por la oreja” (técnicamente no miento, pues la incisión se hace por detrás del pabellón auditivo).

El caso es que lo ha preguntado varias veces y la última vez me ha dicho con pasmosa calma: “pero me cortará en la cabeza con unas tijeras, ¿no?”, tocándose la zona donde irá el implante. Lo he visto tan tranquilo que le he dicho: “sí, bueno, con unas tijeras no; con una especie de cuchillito”. Ni una mala cara, ni un temor, ni siquiera una risa nerviosa. Tranquilidad absoluta. Este niño es increíble. No sé si es así por sí mismo o que confía en que si su padre y yo lo llevamos a esto, es porque es algo bueno para él.

Martín no tiene miedo, pero, sin que él lo sepa, el miedo lo tengo yo, porque una operación es siempre una operación y una anestesia, una anestesia. Su confianza, su sueño de oír por los dos lados y su alegría me dan la fuerza que necesito para este trance. Sé que hemos pasado por momentos más complicados, pero como ya hace tiempo, había perdido la costumbre. Él, que se enfrenta a esto por primera vez de manera consciente, me da lecciones de aplomo y felicidad, como siempre.

super

Capítulo 86: Obsesiones

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Martín le ha dicho hoy a mi marido: “Papi, en mi cabeza solo están el futuro, el pasado y Harry Potter”. Y es que desde que a finales del curso, antes del verano, le explicaran en clase los conceptos de pasado, presente y futuro anda obsesionado con viajar en el tiempo. Absolutamente todos los días, en algún momento, me pregunta “¿cómo

futuro

era el mundo hace un millón de años? ¿qué había antes que las personas? ¿y antes de los dinosaurios?”, o “¿cómo será Sevilla en el futuro? ¿los coches vuelan? Yo quiero ir a verlo…” Claro que yo cometí la “imprudencia” de ponerle Regreso al futuro y en el mismo fin de semana tuvo que ver la trilogía completa, porque le encantó.

Esta tarde estaba muy callado en su cuarto, sentado en su cama, con mi tablet. Él usa poco la tablet, y solo para ver Google Maps (esto merece una entrada propia), pero hace unos días le mostré youtube, para potenciar que busque explicaciones con audio a sus inquietudes (no se me malinterprete: las explicaciones solemos dárselas nosotros, pero con su falta de vocabulario, incluso nosotros nos vemos obligados a mostrarle con imágenes lo que es una zambomba o un almirez y cómo suenan). Me acerqué a ver qué hacía y estaba atento a un documental que había buscado, tan absorto que ni notó mi presencia, por lo que pude escuchar el contenido: era un pseudodocumental sobre viajes en el tiempo, estilo paranormal. Ya sabe escribir y en el campo de búsquedas luego he podido comprobar el historial de sus indagaciones. Me ha parecido muy tierno ver que sus manitas habían tecleado “foto del futuro año 6000” o “serie del pasado”.

Le he preguntado mucho por el motivo de esta obsesión por el tiempo. Solo quiere conocer. Saber cómo será de mayor, ir al pasado a verme de pequeño y saludarme sin que yo sepa que es mi hijo, conocer el origen del mundo… Le he explicado que no es posible viajar en el tiempo -al menos de momento y Stephen Hawking se fue asegurando que era imposible-, pero él dice que será él quien invente la máquina.

Yo me quedo con el presente, con estos momentos en los que puedo hablar con él, abrazarlo y ser cómplice de sus inquietudes, que van creciendo como su cuerpecito. De Harry Potter… ya hablaremos otro día.

Capítulo 85: La primera “novia” de Martín

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davMartín nos ha dado dos noticias en los últimos días: la primera es que tiene dos filas de dientes; la segunda es que tiene novia.

Respecto a la primera hay que decir que, como empezó a masticar con cuatro años y medio, sus dientes no han sufrido el desgaste habitual a su edad, por lo que aún no se le ha caído ni se le mueve ninguno. El ratoncito Perez está desesperado con él. Pero claro, la fila de detrás ha aflorado y se ha desarrollado sin que los delanteros parezcan haberse dado por aludidos. Siguen firmes. Ahora Martín parece una suerte de piraña monstruosa cuando enseña los dientes, una fiera, un demonio de Tasmania, un tiburón.

En cuanto a la segunda noticia, Martín salió del cole y me dijo: “papá, tengo una cosa que decir. Tengo una novia” Cuando la nombra lo hace siempre con su nombre y apellido. La cuestión es que al cabo de varios días nos desvela que es su novia, pero ella no le quiere. “Anda, Martín, ¿y por qué no te quiere?” – No lo sé. No me quiere, pero yo a ella sí”. -“Entonces no es tu novia, Martín” -“Sí es mi novia, pero no me quiere”. Al día siguiente, en un paseo, coge una margarita y pide ponerla en agua para que aguante hasta el día siguiente. Se la lleva a ella y ella la rechaza. Martín sigue diciendo que es su novia.

Nos toca decirle muy seriamente que ella no es su novia, que para ser novios tienen que quererlo los dos. Parece un tema infantil y sin importancia, pero es vital que aprenda esto. Es importante que lo aprendan todos los niños. No se le insiste a una chica, no se decide por ella, no es no. Martín, eres todo amor, pero debes ser parte de esa generación que empiece a respetar a las mujeres, que desde la igualdad, la decisión de una mujer no ha de verse condicionada por tradiciones ni modificada con presiones, porque hasta una margarita puede ser más agresiva que dos filas de dientes. Que el amor es maravilloso y que te llegará, y será correspondido, pero no ha sido ahora y no te vamos a dejar que le insistas a Laura. Tú no vas a pertenecer a ninguna manada. Porque te vamos a educar para que, cuando se te caiga la primera fila de dientes, nunca más parezcas una fiera, ni lo seas jamás.

Capítulo 84: Trudi

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Martín no ha sido nunca de dormir con muñecos. Incluso le he invitado a hacerlo, pero no le parecía atractiva la idea. Pero hace un mes, coincidiendo con la llegada del frío, empezó a dormir con un perro de “La patrulla canina”. La noche que se ha dormido sin él, se ha despertado y se ha levantado a buscarlo. A mí me parece entrañable que duerma abrazadito a algo.

Cuando montamos su cuarto, hace seis años y medio, colocamos en él a Trudi, un koala de peluche que me regaló mi marido hace unos 20 años, al comienzo de nuestra relación. Siempre ha estado en su habitación y precisamente por eso nunca le ha llamado la atención. Hace una semana, mientras Martín buscaba a su perro, apartó al koala y pensé en contarle su historia. El saber que el koala era mío y que fue regalo de papi cuando éramos “más pequeños” le maravilló. Y desde entonces duerme con Trudi todas las noches.

Para mí supone una sensación tan dulce verlo abrazado a ese peluche…Un peluche al que me aferraba en los momentos difíciles de nuestro noviazgo, al que impregnaba de la colonia de mi marido cuando vivíamos lejos el uno del otro, al que seguramente abracé alguna vez ya pasados los 30 en la ensoñación de tener un hijo… Y ahí está mi hijo real dormido abrazado a mi hijo de peluche. Trudi me mira como diciéndome: “Ahora te das cuenta de para qué llegué a ti hace veinte años. Estaba todo planeado y al fin duermo en los brazos de quien debía hacerlo”. Los miro en la oscuridad del dormitorio y no me creo que la vida haya sido capaz de proporcionarme tanta felicidad.mde