Capítulo 78: La mochila

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bolsitoHace unos días, paseábamos por un pintoresco pueblo y Martín se paró en seco en la puerta de una tienda. Del umbral de la misma colgaban unos bolsitos de cuero y Martín se acercó uno a la nariz tomando una profunda inhalación y devolviendo una sonrisa de placer tras la experiencia. Era el olor de esos cueros artesanos que huelen tan fuerte y que a mucha gente desagrada. Pero Martín era feliz oliendo aquello y no soltaba el bolsito, implorando uno con su “¡por favor uno, por favooor!”. No somos padres de comprarle caprichos, pero en esta ocasión, entendíamos que había algo más y se lo compramos.

En el mundo de la adopción, la palabra “mochila” hace referencia al pasado del niño, conocido o desconocido por los padres adoptantes. Esa mochila la trae el niño y hay que asumirla con la incertidumbre de si seremos capaces de digerir los objetos que de ahí vayan aflorando. Si afloran. Por supuesto, la valoración de idoneidad tuvo en cuenta en su momento esta capacidad, pero los padres a veces no reconocemos en nosotros mismos habilidades que los psicólogos sí han visto. A menudo, muchas familias en proceso de adopción prefieren un bebé, más que por la experiencia de dar un biberón, por miedo a esta mochila. Indudablemente, a mayor edad del niño, mayor es la mochila. Por fortuna, en la adopción nacional, toda la información que se tiene sobre su contenido se traslada a los padres adoptivos antes incluso de que hayan aceptado una propuesta de adopción. Quiero, desde aquí, reivindicar esa mochila. Porque forma parte de ese niño. Porque es su vida y parte irremediable de su identidad. No somos los dueños de un niño, sino sus padres, para aceptarlo tal cual es; y su esencia no comienza el día que lo conocemos. Ni siquiera el día que nacen.

Martín era un bebé y cabría pensar que no traía mochila, pero el olfato, que dicen que es el sentido que más perdura en el recuerdo, me ha mostrado que quizás no tenga una gran mochila, pero que al menos tiene un bolsito, del que ya no se separa. De vez en cuando se lo acerca la nariz y lo abraza embriagado de placer, sonriendo con la boca cerrada para que no se le escape el aroma.

Capítulo 77: Caracol, col, col…

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Baba-de-caracolHace unos días, secaba a Martín a la salida del baño, sobre mis piernas. Reparó él en una caja de bastoncillos (artículo prohibido en todas las casas por el otorrino, pero que no habíamos llegado a tirar) y me preguntó qué era aquello. Le dije que nada, que eso era para la basura, mirándole a la cara, pues estaba sin el implante. Entonces me dijo: “¿odeja?”. No sé cuándo ha visto un bastoncillo, pero claramente alguna vez habría visto alguno usarse. Le repetí que eso no se usaba, que era para la basura. Insistió de la siguiente forma:

– ¿ca-a-có?, dijo señalándose directamente hacia el tímpano.

– Sí, ahí dentro está el caracol. Yo había visto en sus fichas del cole que le habían enseñado todos los órganos sensoriales .

– ¿Papá ca-a-có?

– Sí, papá tiene dentro un caracol.

– ¿Papi ca-a-có?

– Sí, papi también tiene caracol.

Me miró con cara seria y resignada y soltó: “Martín ca-a-có NO…”

Tragué saliva. No estaba preparado para una afirmación así, que aún siendo falsa, demostraba, por primera vez, el autoconocimiento de que los demás oyen y él no. Pero tenía que reaccionar rápido y, como sabía a lo que se refería, le dije: “Martín SÍ tiene caracol, pero está roto. Pero el médico le ha puesto a Martín “el oye” y Martín ya oye”.

Le terminé de poner el pijama y le abrí un álbum de fotos que he hecho recientemente y en el que hay constancia de todos los grandes acontecimientos de la vida de Martín, incluyendo las operaciones. Le mostré las fotos de la operación del implante y entendió perfectamente lo bueno que había sido el médico, que le había puesto el oye para que ese caracol, a su ritmo, caminara por la senda del sonido. Caracol, col, col, saca tus cuernos al son…

 

Capítulo 76: A por otro año

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Poquitas entradas este año, lo sé y lo siento. Mi nuevo trabajo me absorbe el tiempo y la sesera y no puedo dedicarme a escribir. A Martín también lo veo menos y cuando me ve volver a salir de casa al poco de haber llegado, me pregunta: “¿A tabajá? ¡¿Ota vé!?” Para compensar, cuando paso algunos días casi sin compartir tiempo con él, no puedo resistirlo y, por incómoda que sea, me meto en su cama, lo abrazo y me duermo oliendo su coronilla. Al día siguiente, él recuerda con alegría que hemos dormido juntos.

Iba a escribir que el año ha sido complicado, pero luego me he dado cuenta de que, en lo que respecta a Martín, quizá haya sido el año menos difícil, ya sea porque no ha tenido tanto médico -ya no lo necesita-, ya porque estamos más curtidos en eso de la crianza de un niño. El capítulo de enfermedades lo cubrimos simplemente con una varicela furiosa en estos últimos días, que por muy violenta que haya sido, no deja de ser una varicela, que pasan casi todos los niños en algún momento. Las dificultades han sido mías y eso no es contenido para este blog.

Martín es ya un niñito, con una gran personalidad y una actitud envidiable hacia la vida. Sus recibimientos, sus besos, sus abrazos, sus interrogatorios, animan a cualquier guerrero que llegue a casa cansado. Su vocabulario crece muy lentamente, casi imperceptiblemente, a veces de manera desesperantemente imperceptible, pero se hace entender siempre y en el cole no tiene problemas para ser uno más del grupo. Y muy querido.

Espero que en este nuevo año que empieza mañana Martín crezca, aprenda, juegue, sea feliz. Sí, solo quiero que sea feliz. Lo demás importa menos. Y de su felicidad depende directamente la mía y la de su papi, así que nos va todo en ello.

Quiero acordarme hoy de todos aquellos que estáis esperando a ser padres, deseándolo y que cruzáis los dedos para que estas estén siendo las últimas navidades sin vuestro hijo. Espero que los procesos se agilicen y podáis disfrutar de la maravilla de la paternidad cuanto antes. No voy a dar nombres, porque no os he pedido autorización, pero vosotros sabéis quiénes sois. Muchos besos de Martín y sus padres y feliz entrada de año.

Capítulo 75: “¡Adiós, oye!”

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A la gente le llama la atención lo mucho que Martín da las gracias y pide las cosas “por favor”. También saluda y se despide con furor de todo el mundo.  Lo curioso es el concepto abstracto que Martín demuestra con su uso; no se limita a lo material: cuando conduzco hasta la playa, antes de aparcar, Martín, loco de contento y aplaudiendo, dice “¡Gracias, papá!”. Si come arroz y le digo que lo ha cocinado su abuela, le suelta: “¡Gracias, abuela!” (y la abuela se derrite). Valora el esfuerzo de los demás. No sé si esto es habitual en los niños de su edad, pero a mí me maravilla. En cuanto a los saludos y despedidas, no se reduce a las personas y animales; Martín saluda y, sobre todo, se despide de las acciones y lugares: “¡Adiós, jugar!”, “¡Adiós, bañar!”, “¡Adiós, Conil!” Un día, en la rutina de prepararlo para dormir, le quité el implante para ponerlo a cargar, como todas las noches. Sin ni siquiera mirarme, dijo: “¡Adiós, oyeee!”. Para nosotros, oír casi ni es una acción. Él se despide de la audición desde el momento en el que se le retira el aparato. Con naturalidad. En un primer momento no supe si reírme o entristecerme de la despedida. Sonreí. Me pareció entrañable. Lo abracé y comencé a hablarle mientras él, como todas las noches, cambió la estrategia y me miró los labios para recibir mis buenas noches y mi beso.

Capítulo 74: Cartas con mensaje, mensajes a la carta

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Hoy ha sido un día especial para nuestra familia. Por la mañana hemos recibido una carta certificada. Como sospechábamos su contenido, la hemos abierto entre los dos, media solapa cada uno. Al fin, después de cuatro años con Martín, el juez ha resuelto conceder de manera definitiva la adopción (todo este tiempo estábamos bajo la figura jurídica del acogimiento preadoptivo), así que de manera definitiva e irrevocable, Martín es legalmente nuestro hijo. Para siempre. Estamos muy contentos y hemos enseñado a Martín la palabra “hijo” con motivo de tan especial momento.

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Por la noche han emitido un reportaje en la tele en el que participamos hace un par de semanas, para hacer un análisis sobre los diez años de matrimonio igualitario. Aunque Martín impidió que grabáramos con tranquilidad, provocando infinidad de cortes, finalmente han podido sacar algunas tomas bonitas en forma y contenido, y estamos satisfechos con el resultado. Los periodistas nos trataron con mucho cariño y se ve también ese trato en la edición. En cuanto la cadena cuelgue el enlace en sus emisiones a la carta de internet, actualizaré esta entrada, incluyéndolo. Estos diez años han supuesto algo importantísimo en nuestras vidas y en la de muchísima gente: nos han permitido igualar nuestra situación legal como pareja a la de cualquier hijo de vecino, con todas los derechos y garantías que eso procura, y con la posibilidad de adoptar en igualdad de condiciones. Estamos muy agradecidos a todos los que lo hicieron posible, en especial a Mª del Mar González, psicóloga de la Universidad Hispalense que hizo unos estudios cruciales; a José Luis Rodríguez Zapatero, por entender esos estudios y la necesidad social; y a Pedro Zerolo, activista recientemente fallecido, que luchó para que todo esto se pusiera en marcha. Por supuesto, también a todos los colectivos y personas individuales que antes de todo esto combatieron por nuestros derechos y que confluyeron en personas clave como Zerolo.

En definitiva, ha sido un día especial y tranquilo y lo más especial quizá sea eso, que todo haya sido vivido (y ahora contado) desde la tranquilidad más absoluta (y deseada).

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Capítulo 73: Cuentos

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tangoMartín va creciendo y su vocabulario también. Siempre (desde un par de meses después de implantarse) ha dicho palabras sueltas con más o menos acierto fonético, pero ayer al verme cargado saliendo del coche y sin saber cómo llevar su anorak, me soltó: “dámelo a mí”. ¡Eso ya es una señora frase, con pronombres y todo! Una de las últimas adquisiciones ha sido la palabra “uento”, que dice mientras hace como si pasara páginas con sus manitas.

Antes de que llegara Martín, me imaginaba acostándolo y contándole un cuento. Antes de implantarlo, a veces lo hice, pero no mostraba especial entusiasmo. Ahora ha sido distinto: desde hace un tiempo, le leemos un cuento antes de acostarlo y él no lo perdona. Le encantan los libros. Salta de alegría cuando le anuncio que habrá cuento e interactúa cuando ya conoce la trama. Nunca ha dormido con muñecos (salvo de muy bebé con su mantita-gatito), pero anoche mismo insistió en dormir abrazado a un libro, comprado ayer mismo en la librería Rayuela, donde también y tan bien quieren a Martín.

Esta nueva rutina me obliga a no quitarle el implante al acostarlo, sino un poco más tarde. Al fin podemos hacer uso de la gran biblioteca que le creamos en los tres años de espera. Así se iniciará en ese amor a los libros que de seguro le convertirá en un gran lector, ese amor que le hará viajar, soñar, sentir, aprender, evadirse y comprometerse. Se abre un nuevo mundo para él; un mundo que, por otro lado, para sus ajetreados padres es cada vez más inaccesible, aunque no pierden la esperanza de retomarlo (quizás en la jubilación, jejeje).

Hace una semana Martín se quedó dormido antes de cenar, sentado en el salón. Decidimos acostarlo, pues despertarlo para darle la cena iba a ser una pelea sin mucho sentido. Lo pasamos a su cama y pensamos que en un par de horas se despertaría por el hambre y le daríamos uno de sus batidos hipercalóricos. A las dos de la madrugada, mientras nosotros trabajábamos en nuestros respectivos ordenadores, apareció de repente en el salón Martín, enfadadísimo, con una mano moviéndose sobre la otra y reprochándonos: “¡uento! ¡uento!”. La expresión era la de “¿cómo demonios se os ha ocurrido acostarme a traición sin leerme un cuento?” De comer no dijo nada.

PD: Este post va dedicado a alguien muy especial que, desde Polonia, va a valorar como nadie este amor del pequeñajo por los libros.

Capítulo 72: los testigos silenciosos

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Además de todos los amigos y familiares que nos acompañan en la aventura de criar a Martín, el otro día fui consciente de que hay más personas: los testigos silenciosos. Son personas que nos llevan viendo todos estos años desde que llegó Martín y, sin saber nuestros nombres, nos reconocen. Voy a la pescadería solo y la pescadera, con la que jamás he cruzado una frase que no incluyera el nombre de un animal marino, me suelta: “¡Hay que ver cómo está el niño de grande!”, y sin dejar de desescamar al bicho, continúa: “si yo me acuerdo cuando llegó, tan pequeñito…” En la carnicería, tres cuartos (y mitad del cuarto) de lo mismo: “¡Anda que no está bien cuidado ni ná el niño! ¿quieres un poco de jamón, guapo? Hay que ver qué pestañas ha tenido siempre…” Si vamos al hospital, celadores y enfermeras saben perfectamente quiénes somos. La mujer que hace las radiografías sabe que a ese niño ya lo ha visto antes (por dentro y por fuera) y que somos dos papás: “¿quién va a sujetar al niño hoy?” Hay que repartirse las radiaciones…

Supongo que por lo infrecuente es fácil recordarnos. Lejos quedan aquellas citas médicas en las que a la mitad sentenciaban: “ustedes son los cuidadores del centro de menores, ¿no?”. En una mezcla rara de molestia y orgullo contestábamos a voz en alto: “¡Nosotros somos sus padres!”. Y creo que ya ha calado. El entorno es más que los amigos y la familia, personas que de forma silenciosa siempre nos han estado observando, quizá al principio con sorpresa e incluso puede que con recelo, pero que a la larga han podido comprobar que hemos llegado para quedarnos, que hacemos los mismos pucheros y tenemos las ´mismas manías a la hora de que nos limpien el pescado.

Estos testigos silenciosos cada vez se atreven más a hablarnos y a preguntarnos por el pequeño, porque saben que somos una familia. Puede parecer una tontería, porque se puede pensar que eso le ocurre a cualquiera. Con una diferencia: aquí se ha derribado un muro, porque al principio era un tema tabú. Veían siempre a los mismos dos hombres con el mismo niño y no se atrevían a comentar nada. Si iba a un supermercado lejano y yo estaba solo con Martín sí me decían: “su mujer debe ser muy morenita, ¿no? porque a usted no se parece nada”. Esos atrevimientos no los cometían en nuestro entorno y en su lugar se imponía el silencio. Porque intuían la verdad y no tenían formada una opinión clara de nuestro modelo de familia.

Nos alegra saber ahora que siempre nos han estado observando y que su conclusión final no puede ser más positiva. También desde el silencio se educa, y se educa sin que siquiera el educador y los educandos tengan voluntad ni consciencia de estar participando en ese proceso. Los testigos silenciosos ya hablan, como Martín. Y ya no van a parar. Feliz año nuevo.

Capítulo 71: No es cuento chino

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Nunca he hablado de la empresa más complicada que acometemos a diario desde que llegó Martín; lo que, con diferencia, más esfuerzo y frustración nos ha reportado en su crianza; lo que nos ha hecho sufrir más, incluso por delante de sus dolencias: la comida.

Martín llegó tomando unas botellitas de vidrio de farmacia que contenían 100ml, Infatrini, y darle 40 o 60ml era una tarea terrible: berreaba, cerraba la boca y se negaba a tragar, dejando el líquido en la boca. Para que los no familiarizados con biberones se hagan una idea, 50 ml equivalen a un dedo de biberón. Él no hacía la labor de succionar, por un lado porque no quería y por otro porque con su cardiopatía, eso era un sobreesfuerzo que le hacía sudar. Darle 50 ml podía llevarnos casi una hora, y desarrollamos especial habilidad en agarrarlo fuerte en brazos mientras le inyectábamos la tetina en la boca creando al tiempo una especie de tijera con los dedos para insuflarle el batido en la boca. Mis amistades, si me veían darle una toma, disimulaban mal su horror de ver que tenía que alimentar así a mi hijo. Acabábamos los dos sudados, pero si lograba darle 60 ml me sentía satisfecho de saber que suponían calorías para que Martín resistiera su enfermedad. Si a los cinco minutos lo vomitaba todo, me quería morir. Poner peso le costaba lo indecible, y las farmacéuticas sonreían con un fondo de tristeza, diciéndome que no me preocupara porque esa semana no hubiera puesto 20 o 30 gramos, o incluso si durante varias semanas perdía peso.

Poco a poco introdujimos papilla a su dieta en dos de las tomas, simplemente trasladando el estrés de la tetina a una cuchara. Nuestra actitud al empezar una comida era siempre positiva y alegre, y sabemos que forzar a un niño a comer está contraindicado, pues le crea rechazo al asociarlo con momentos desagradables, pero eso no vale para un niño que, según su nutricionista “es como un coche estropeado, que no funciona bien y además gasta más gasolina”: tenía que comer quisiera o no para salvar la desnutrición con la que llegó. Así estuvimos dos años. Eso sí, consiguiendo que cada vez ingiriera más cantidad. Luego le cambiaron el batido a uno más grande y empezó a tomar leche. Fruta nunca, porque “es desaprovechar una ocasión para que tome calorías”, según la especialista. Nos piden que apuntemos todas y cada una de las tomas para llevar esos datos a las revisiones. Aquí podéis ver el calendario que teníamos tras su puerta.

Calendario tomas

La lucha se concentra ya solo en el almuerzo y la cena, pues el biberón de leche con cereales se lo toma él solo y bien, aunque hay que ir intentando introducir sólidos, pero claro, Martín no ha comido sólidos nunca y cada vez que lo hemos intentado ha sido en vano. Hace unos meses que conseguimos que se comiera media croqueta y ese alimento es el único que ha consentido masticar y tragarse, pero en esa ridícula cantidad. El resto de alimentos los mastica y los escupe y a veces eso, la verdad, nos saca de quicio.

La masticación y el habla están relacionados. Los niños empiezan a balbucear y masticar al mismo tiempo, pues hay muchos músculos comunes implicados. Los batidos por el corazón y la ausencia de habla por la sordera crearon una combinación demoníaca contra la masticación y deglución de Martín, hasta el punto de que hace un mes su nutricionista lo ha dado por imposible y nos ha pedido traslado a otro hospital.

Esperando que llegue esa cita, resignados (aunque yo, cabezota que soy, intento darle sólidos continuamente), la semana pasada le dimos de cena su media croqueta y una papilla y a continuación cenamos nosotros. Esa noche había preparado un wok de noodles con verdura y pollo y comenzamos a comerlo con palillos. Cuando Martín vio los palillos le maravillaron y señaló su plato vacío con ilusión. Puse noodles en su plato y le di los palillos. Milagrosamente, cogió los palillos de manera aceptable y enganchó una buena porción de fideos. Se los metió en la boca, los masticó y se los tragó. Así, como si lo hubiera hecho toda la vida. Y así llevamos una semana. Los días siguientes le he dado espaguetti, nuggets, tortilla, dorada, arroz… Come poco, muy poco, pero mastica y traga. Y estamos que no nos lo creemos. Bromeo diciendo que hemos pasado tres años y ocho meses intentando que Martín comiera alimentos distintos y que el problema no estaba en la comida, sino en el utensilio. ¡Los palillos chinos han obrado el milagro!

Capítulo 70: Vuelve el sonido

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Siento no haber tenido tiempo para escribirlo antes, pues sé que sois muchos los que os quedasteis con mal sabor de boca tras la última entrada, pero hace ya seis días que llegó el nuevo procesador. Quise grabar en vídeo el momento en que Martín se reencontraba con el aparato e imaginaba su alegría al ponérselo de nuevo, pero imprevisiblemente su acogida no fue esa: al conectárselo lloró como si le quemara e intentaba arrancárselo con rabia. Dejé de grabar y se lo quitamos. Volvimos a intentarlo y de nuevo gritó llorando. Entonces lo abracé, agarrándole al tiempo los brazos para bloquearlo; se calmó y mi marido se lo puso otra vez, ambos en absoluto silencio. Le di besitos suaves y comencé a hablarle flojito. Poco a poco pude soltarle los brazos y ya no se lo volvió a tocar. Era mediodía y enseguida salíamos de viaje en coche, así que presumíamos que el trayecto, por ser hora de siesta, lo haría dormido. Otra reacción inesperada: no durmió un solo minuto y en su lugar fue todo el camino cantando. Sin implante había dejado de cantar. Modulaba distintos sonidos para escucharse. Mientras conducía, de vez en cuando miraba hacía atrás y le preguntaba: “Martín, ¿no vas a dormirte?”; me sonreía y seguía con su retahíla. Desde ese día lo veo más alegre y eso me hace muy feliz. Gracias a todos los que os habéis preocupado estos días. Que estéis pendientes de las andanzas de mi niño también me hace feliz.

Capítulo 69: Impotencia

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Sí, de acuerdo, este es un blog alegre desde su mismo título, pero no puedo dejar de contar que los últimos están siendo unos días difíciles en los que a las tensiones de hacernos a la nueva rutina se ha unido un inesperado obstáculo: se ha estropeado el procesador del implante de Martín. Nuestro niño lleva unos diez días sin oír. Eso, que antes era lo normal, ahora es más triste, porque él ya es consciente de lo que se pierde y se me cae el corazón a los pies cuando se despierta y se coloca el índice haciendo gancho por detrás de su oreja, pidiendo que se lo coloque. Los primeros días se lo ponía, aunque no funcionara, y se quedaba tranquilo; pensaría que casualmente ese día nadie hablaba. Pero luego eso me pareció… no encuentro la palabra… No llega a ser “cruel”… Era como engañarlo con algo muy importante. Y dejé de ponérselo. Le he dicho que está estropeado, pero no creo que entienda qué significa eso. Se va hacia un instrumento de música, lo toca y se vuelve a poner el dedito tras la oreja. Me encojo de hombros, como diciendo que yo tampoco entiendo qué pasa. Y es así. Es cierto que tuvimos suerte con recibir un modelo de implante recién salido al mercado, pero al parecer está dando problemas por ser tan nuevo y aún deben mejorarlo. De hecho, desde hace dos días sabemos que no van a reparar el nuestro, sino que nos darán uno nuevo (para quien no sepa mucho del aparatejo, le tranquilizaré: no hace falta otra operación, hablo en todo momento del aparato externo). Hoy nos han dicho que hay que pedirlo a Suiza. Vale. Más días. Más días yendo al cole a no escuchar a su nueva y esforzada logopeda; más días perdiendo progresivamente articulación de consonantes que ya pronunciaba; más días viendo su carita no triste, pero resignada, mirando a Pocoyo o a los pitufos sin oirlos; más días sabiendo que no oye las voces de su papá y su papi diciéndole lo mucho que lo quieren. Solo queda esperar…

¡Ah! Hoy ha sido el día nacional del sordo. Pues eso.